No alcanzaba a recordar qué camino le había abandonado en aquella estancia, pero Viator poseía la certeza firme y misteriosa de estar dónde siempre había deseado. Todo lo que creía haber sido había quedado relegado en lo más recóndito y oscuro de sus recuerdos cuando traspasó los límites de la sala.
El suelo era un cuadrado cuyo lado tenía la altura de un hombre, su altura. No estaba pavimentado, su superficie era de arena fina y tenía el color del rubor de una mujer del norte. Carecía de techo y a una gran distancia, su altura se abría al firmamento a través de un gran círculo. Este hecho se debía a que a medida que ascendían, las aristas del prisma que le rodeaba comenzaban a curvarse en torsión y a divergir de manera que al final todas se unían, confundían y armonizaban para presentarse a la gran noche, cerradas y eternas.
Ninguna de las cuatro paredes le mostraban sus puertas. Tres de ellas eran de mármol imperial blanco. Surcadas por vetas que se entrelazaban en las figuras más diversas sin concretarse en ninguna forma definida, a través de un fondo níveo que parecía refulgir con dignidad serena y diáfana.
La cuarta y última de las paredes estaba cubierta por completo por un espejo hasta una altura que doblaba la suya propia. En su reflejo le aguardaba la visión de su cuerpo desnudo y por largo tiempo se detuvo a explorar cada una de sus formas y singularidades.
El cabello albino besado por el sol se extendía liso y radiante por encima de sus hombros hasta la altura del corazón. Su cuerpo venido en decadencia impresionaba ahora sus percepciones con el contorno de músculos apolíneos y atléticos,llenos de la belleza que supone la áurea geometría. Todo el vello que poblaba y escondía los secretos de su piel había desaparecido y su virilidad colgaba ahora insolente y seductora sobre la ausencia de sus testículos. Mas lo más enigmático y magnético de su cuerpo era su rostro que se había afilado en facciones delicadas y sensibles, ilustres y regias. Un rostro que presentaba la fuerte intensidad espiritual que transmitían sus ojos azules como zafiros, grises como la niebla bajo la lluvia.
Era tan terriblemente perfecto, tan sumamente bello, que pasó largo rato recorriéndose, contemplando incansable los caminos de su silueta. Adoptaba diferentes posturas para descubrir como reaccionaba su egregio cuerpo, como se colocaba y tensaba y como se relajaba y recogía con cada de uno de sus movimientos. Con cada uno de sus cambios...
En ocasiones se acercaba tanto al espejo que su aliento lo llenaba de vaho mientras observaba fijamente sus ojos con el deseo palpitante de traspasar los límites del reflejo y alcanzarse, tocarse, tenerse.Con el tiempo dejó de ser consciente de que lo que veía en el espejo era la proyección de su propio ser y desde entonces cayó profundamente enamorado del hombre que asomaba tras el cristal.
Aquel hombre se acercaba a él cuando quería de su compañía y le dejaba distancia cuando se alejaba para recordarle. Conocía y compartía cada uno de sus sentimientos. Cuando le excitaba el deseo, él le acompañaba, cuando sentía el peso misterioso del techo estrellado se tumbaba a su lado en su celda hermana e, incluso, dormía y soñaba junto con él. Sueños que nunca recordaba.
Pero todo ese placer y pasión con la que había ardido su corazón en presencia de su amado se terminó por volver pura agonía por causa del cristal que les separaba. Con fuerza y rapidez un torrente de odio le invadió, un odio hacia el cristal y hacia su debilidad que golpeaba inútilmente el inamovible muro transparente que les apartaba. Su hermano, su amante, al igual que él, estaba cada día más triste y más furioso y precisamente eso alimentaba su tristeza y su furia. Sentía la misma impotencia, la misma necesidad y el mismo amor frustrado. El mismo odio liberado.
Lloró durante la larga noche desconsoladamente, arañó con fiereza las sombras del cristal y lo golpeó con todas sus fuerzas hasta que de sus puños brotó sangre, que limpió rápida y deseperadamente con su cuerpo y su saliva.
Cuando una de esas gotas llegó a tocar la arena del suelo, la tiñó de un rojo escarlata que se fue contagiando y extendiendo al resto de la arena como una enfermedad.
Entonces un fuerte rayo iluminó el cielo y con la llegada del esperado y gigantesco trueno comenzó una gran tormenta. Llovía sin tregua de tal manera que se comenzaron a llenar los habitáculos. La lluvía era tan intensa que le costaba abrir los ojos ante las envestidas de sus gotas, pero no dejo de hacerlo con angustia para alcanzar el consuelo de seguir mirando a su amado que se debatía al igual que él con las aguas y los funestos sentimientos que traía.
Cuando el agua le llegó al cuello empezó a tomar aire para sumergirse y encontrarse con su amado, intentaba abrazarle, besarle, pero el cristal les separaba y la esperanza les huía. Bajaba, le miraba y volvía a subir. Una y otra vez, pero la distancia se volvía cada vez más larga y peligrosa. Él podía escapar, podía ascender pero no estaba seguro de que la celda de su amado tuviera la misma salida que la suya y no podía arriesgarse a abandonarlo. Le amaba, su vida no permitía su muerte.
Llegó un momento en el que tuvo que decidir hacer el último descenso sin viaje de vuelta. Para verle por última vez, para morir mirándole, viéndole. LLegó al fondo, aguantó la respiración y la presión, se mantuvo al nivel del espejo braceando con fuerza para contrarrestar el empuje del agua. Cuando sus pulmones cedieron y se llenaron de agua descubrió perplejo y exultante que el agua entraba y salía con el mismo efecto que el aire y que si se relajaba podía volver a posarse suavemente sobre el fondo de la prisión. Gritó con alivio pero ningún sonido salió de su boca, abrazó y beso a su amado a través del espejo y le prodigó las más cálidas y ardientes atenciones.
Se olvidó incluso de las alturas y de nadar, todo cuanto quería estaba en el fondo de la cueva, atrapado tras un cristal, esperándole. Nunca supo cuanto tiempo pasó ni le importó hasta el día en que algo cambió. Descubrió con espanto y aversión que una arruga comenzó a asomar en el rostro de su amado, prontó otras le acompañaron y el cabello se le empezó a caer por mechones. Algo malo le ocurría y con rapidez creciente devoraba la belleza de su cuerpo. Su bello cuerpo... sus músculos, su geometría.
Desesperó, enloqueció ante la decadencia de su amado, sus músculos habían desaparecido tras unos colgajos de piel flácida, las arrugas destruían la magia de sus facciones, las uñas de los pies y de las manos le crecieron en instantes. La barba le creció y se le cayó acompañándo la escasez de sus cabellos y sus ojos le brillaron un instante con la luz de un dios para después comenzar a apagarse rápidamente como la vida de una mosca. Mientras, él ya no existía, no pensaba, era un ser que miraba, que deseperaba ante la visión de su amado.
Cuando todo el pelo cayó o flotó a su alrededor, cuando los músculos empezaron a fallar y las carnes se le hundieron entre los huesos, su amado empezó con histerismo a tocarse, a palparse intentando en vano recomponer sus formas y su belleza. Pero cuanto más se golpeaba y apretaba más rápido avenía la decadencia. Su carne empezó a separase de sus huesos con la fuerza y el esfuerzo de sus ademanes. Un esqueleto que ya se intuía comenzaba a amanecer ensangrentado entre los restos de su cuerpo, sus entrañas se pudrían y se consumían. Tan sólo su corazón apareció vivo entre su putrefacta carne y su cruel imagen ósea, palpitando con el miedo de todos los males del mundo. En un último acto de entrega su amado se lo arrancó con sus manos cadavéricas y se lo entregó a su amado. El corazón traspasó el cristal.
Cuando el corazón se entregó, una llamarada de fuegos verdes y azules se encendió sobre los restos de su amado con un remolino que al principio recibió su grito y devoró los pobres restos de sus carnes pero al tiempo empezó a agrietar sus huesos, a romperlos y a reducirlos a un polvo negro que comenzó a girar formando un tornado de mil colores y ninguna imagen.
Tras ello desapareció, y nadie más volvió a encontrar jamás la sala del espejo maldito.
jueves, 1 de marzo de 2012
viernes, 10 de febrero de 2012
Velos.
Habladme os lo ruego, de los velos traslúcidos que esconden la desnudez diáfana de las cosas puras, que yo os escucharé lejos muy lejos, con la atención prestada por la inocencia despierta del niño perdido.
Mirad como camina por ese pasillo sin paredes, temerario hijo de la vida, cree que juega al ajedrez pero podría correr, con los ojos vendados por las pasiones más encendidas, y no erraría un sólo paso. Mirad ese suelo acrisolado por el mosaico dual de las trampas más antiguas...y él, salta y ríe, canta y danza, juega y espera alegre caza de los signos del destino que atemperan su camino.
Creeréis acaso que ahora nada hacia lo profundo, desde un tiempo perdido en el recuerdo, hacia los castillos abisales de un mar, patria de antiguos naufragios.
Abraza al compás de un sentido elevado las aguas dormidas de sueños celestes. Y desnudo avanza por una corriente escondida las umbrías presencias que confunden su contorno.
¿Quién eres en la nada? Suspiran invisibles voces que a coro le alientan a volver y a perderse.
¿Quién eres en la nada? Cantan en terrible coro con una armonía tan bella que asombra y detiene sus sentidos, que hiela su sangre y confunde al corazón.
¿Quién eres en la nada? A trío tres veces repiten las sombras. Se detiene con la mente apagada, los ojos encendidos y el alma herida, buscándole ojos a las sombras más tiranas, creyendo ver banderas en la misma oscuridad. Intentando asir aire en el espacio, agua en el aire, sombras en la oscuridad.
¿Quién eres en la nada? Cuatro flechas, ni una más. Cae nuestro héroe en un sueño profundo, duerme más tiempo que las estrellas, sin flotar, sin hundirse, como sombra sin voz. Y en silencio se nutre con el tiempo una respuesta en lo más recóndito y seguro de su ser que se forja como la intuición de la mayor tormenta en el ánima de las fieras. Crece como el mar en el huracán o el fuego en el bosque más seco, como la primavera en la vida dormida, con la necesidad de la tempestad tras la calma, del grito en el silencio, despertando bestialmente en un golpe de conciencia que clama:
YO SOY LUZ.
Y ese coro, esa nana maldita, termina al fin con el aullido más espantoso y monstruoso, que despierta y glorifica el largo sueño de nuestro héroe desterrando sus enemigas a mil círculos de su camino.
Se observa, ahora puede, aún en la oscuridad que techa ya la mar de sus adentros. Una saeta de luz atraviesa su corazón pero no le mata, le quema, le enciende, le despierta. La saeta tiene en su cresta un hilo dorado que se pierde en el horizonte, lejos muy lejos.
Ya no nada, danza y recoge nuestro héroe su hilo con las caricias y los abrazos más delicados, tira y resuelve cada uno de los nudos que trae el camino de su sedal. Pescador de luz, pez de aguas profundas.
Aquel círculo de luz que inspiró al águila hacerse al agua, ese diminuto vestigio alentado por las alas de Gabriel, es la puerta de mil colores y riquezas que saluda su llegada. No hay cielo que no alcance, ni suelo que no ilumine. Fijando la mirada concentra la belleza. No hay punto que no abaeque, ni centro que no rodee. Es la puerta.
La cerradura recibió su canción y entregó su aplauso. Bajó el templo o subió el héroe, recorrió salas y salas en un número que no entiende la mente y al fin llegó al principio que nos atañe.
La mano delicada y fuerte del nómada con patria acarició las vetas de la madera mientras empujaba lentamente la puerta que componían. La luz interior impactó en la atención de su mirada, bajando sus párpados e invocando su sonrisa.
La estancia le acogió, la puerta quedó oculta por la propia luz que de todas partes rendía y regía las formas y los tiempos del lugar. Tanta luz impedía observar e impelía a contemplar, pero sabía perfectamente qué era y qué buscaba, o qué encontraría.
Caminó hacia el lecho sagrado, con la mayor ternura, con las más alta pasión y el la más sabia paciencia retiró el dosel que protegía el sueño de su amada. El más silencioso abrazo les unió y el más amante y delicado cuidado guió los suaves ademanes con que retiró el velo que cubría el rostro de su amor.
Y bebió del último beso.
Mirad como camina por ese pasillo sin paredes, temerario hijo de la vida, cree que juega al ajedrez pero podría correr, con los ojos vendados por las pasiones más encendidas, y no erraría un sólo paso. Mirad ese suelo acrisolado por el mosaico dual de las trampas más antiguas...y él, salta y ríe, canta y danza, juega y espera alegre caza de los signos del destino que atemperan su camino.
Creeréis acaso que ahora nada hacia lo profundo, desde un tiempo perdido en el recuerdo, hacia los castillos abisales de un mar, patria de antiguos naufragios.
Abraza al compás de un sentido elevado las aguas dormidas de sueños celestes. Y desnudo avanza por una corriente escondida las umbrías presencias que confunden su contorno.
¿Quién eres en la nada? Suspiran invisibles voces que a coro le alientan a volver y a perderse.
¿Quién eres en la nada? Cantan en terrible coro con una armonía tan bella que asombra y detiene sus sentidos, que hiela su sangre y confunde al corazón.
¿Quién eres en la nada? A trío tres veces repiten las sombras. Se detiene con la mente apagada, los ojos encendidos y el alma herida, buscándole ojos a las sombras más tiranas, creyendo ver banderas en la misma oscuridad. Intentando asir aire en el espacio, agua en el aire, sombras en la oscuridad.
¿Quién eres en la nada? Cuatro flechas, ni una más. Cae nuestro héroe en un sueño profundo, duerme más tiempo que las estrellas, sin flotar, sin hundirse, como sombra sin voz. Y en silencio se nutre con el tiempo una respuesta en lo más recóndito y seguro de su ser que se forja como la intuición de la mayor tormenta en el ánima de las fieras. Crece como el mar en el huracán o el fuego en el bosque más seco, como la primavera en la vida dormida, con la necesidad de la tempestad tras la calma, del grito en el silencio, despertando bestialmente en un golpe de conciencia que clama:
YO SOY LUZ.
Y ese coro, esa nana maldita, termina al fin con el aullido más espantoso y monstruoso, que despierta y glorifica el largo sueño de nuestro héroe desterrando sus enemigas a mil círculos de su camino.
Se observa, ahora puede, aún en la oscuridad que techa ya la mar de sus adentros. Una saeta de luz atraviesa su corazón pero no le mata, le quema, le enciende, le despierta. La saeta tiene en su cresta un hilo dorado que se pierde en el horizonte, lejos muy lejos.
Ya no nada, danza y recoge nuestro héroe su hilo con las caricias y los abrazos más delicados, tira y resuelve cada uno de los nudos que trae el camino de su sedal. Pescador de luz, pez de aguas profundas.
Aquel círculo de luz que inspiró al águila hacerse al agua, ese diminuto vestigio alentado por las alas de Gabriel, es la puerta de mil colores y riquezas que saluda su llegada. No hay cielo que no alcance, ni suelo que no ilumine. Fijando la mirada concentra la belleza. No hay punto que no abaeque, ni centro que no rodee. Es la puerta.
La cerradura recibió su canción y entregó su aplauso. Bajó el templo o subió el héroe, recorrió salas y salas en un número que no entiende la mente y al fin llegó al principio que nos atañe.
La mano delicada y fuerte del nómada con patria acarició las vetas de la madera mientras empujaba lentamente la puerta que componían. La luz interior impactó en la atención de su mirada, bajando sus párpados e invocando su sonrisa.
La estancia le acogió, la puerta quedó oculta por la propia luz que de todas partes rendía y regía las formas y los tiempos del lugar. Tanta luz impedía observar e impelía a contemplar, pero sabía perfectamente qué era y qué buscaba, o qué encontraría.
Caminó hacia el lecho sagrado, con la mayor ternura, con las más alta pasión y el la más sabia paciencia retiró el dosel que protegía el sueño de su amada. El más silencioso abrazo les unió y el más amante y delicado cuidado guió los suaves ademanes con que retiró el velo que cubría el rostro de su amor.
Y bebió del último beso.
jueves, 5 de enero de 2012
La confesión.
Abrió de par en par las puertas del cristiano templo, irrumpiendo ante él con la mirada desencajada y llena de un pavor desbocado y crispado.
Le recibió con fidelidad, transmitiéndole como siempre una atmósfera de recogimiento que, ahora, alcanzaba a un espíritu atormentado y perturbado.
Contempló unos instantes la escena pétrea y centenaria que se presentaba magnificente frente a sus ojos que, aún estando opacos de horror, no dejaban de iluminarse tibiamente con aquella belleza celeste, como rayos dispersos en la espesura del glaciar alcanzan a rozar las oscuras profundidades del mar.
Caminó sin ser consciente de las decisiones de sus pasos por entre los bancos de oración, ausente de sí, pero guiado por una especie de intuición hipnótica.
Su enjuta figura quedaba a intervalos iluminada por los haces de luz que los ventanales filtraban a la cámara y el sonido de sus pisadas se expandían en ecos reverberantes.
Se erguía ante él, con el labrado de distintas escenas bíblicas, el confesionario, motivación última de su desesperada llegada al suelo catedralicio. En el interior, como si esperándole estuviera, se encontraba el paternal representante del dios redentor. Tomo asiento y descargo el cansancio físico como si llevara días caminando sin pausa.
-Ave María Purísima-dijo con tono sereno y monocorde el sacerdote-.
-Sin pecado concebida- contestó el oscuro visitante con voz ronca y reconcentrada-.
-¿Qué has de confesar?-preguntó desde el otro lado de la rejilla el confesor-.
-No vengo a confesar nada ni a suplicar absolución alguna. Vengo ante su juicio sagrado a acusar, a pedir justicia y condena, si su veredicto lo determina.
-No tengo ese poder, pero puedo escucharte.
-Así sea. Comenzaré mi historia por el principio, pues el final está cerca y usted será su único testigo.
Todo comenzó hace siete días. El martes pasado lo vi por vez primera y desde entonces no ha dejado ni un momento de perseguirme, desde entonces, no he parado de huir. Pero es una fuga aparente e inútil, pues por más lejos que marche siempre sabe donde voy, y aunque se permita el paso sereno de la fatalidad, siempre termina por encontrarme.
Cuando estoy rodeado y ocupado por las fútiles ocupaciones de mi vida ordinaria, me espera paciente, a una distancia suficiente y necesaria para llamar mi atención y esconderse de la de mis semejantes. Mas al verme libre de compañía y negocio, con el alma desnuda ante la soledad; prosigue su camino, su camino hacia mí, como el asesino, como el verdugo, con el ánimo tranquilo y despiadado del que ve a su víctima sin salida.
Aunque lo peor no es esta intuición de tragedia que carga mi espíritu como la más pesada cruz cada vez que hace aparición. Lo peor es la naturaleza sobrenatural y metamorfa que le define y que se afana en mostrarme. No he sido nunca un hombre religioso, ni hasta ahora había golpeado mi buen sentido un fenómeno tan inverosímil y contrario a mi entendimiento, pero la evidencia con que mi razón acusa a mi percepción se desfallece ante la fuerza con que todo mi ser la recibe y la rechaza.
Tendrá que creer, si quiere seguir escuchándome, que aquel extraño ser que me sigue no tiene rostro y a la vez los tiene todos. Quiere que le entregue mi mirada, pero no tiene rostro y los tiene todos, todos. No puedo...no puedo mirarlo.
Su cara es como un espejo sin superficie, una neblina trémula e indefinida que cambia antes de que pueda vislumbrarla. Tan pronto parecía un hombre cuando advertía en su fisionomía los rasgos de la feminidad; a veces aparentaba rozar la senectud para terminar dándome la impresión de la más lozana juventud; ni sexo ni edad tenía esta criatura.
Tampoco ojos poseía, eso no eran ojos, eran pozos terribles. Las pocas veces que tuve la audacia de mirárselos no descubrí color alguno y, en realidad todos; me deslumbraba, me mareaba, era un arco iris colgando de una sima sin final. No era sólo el color, era más que un iris, a veces era como el mismo fuego y me quemaba por dentro; otras como el lago cristalino; tan vital y enrevesado como el despertar vegetal en primavera; o ingrávido y violento como un huracán que me llenaba de vértigo.
Su rostro hierático e inexpresivo encerraba en realidad todos los gestos representables, tantos que confundía sus mismos rasgos. Podía ver a un enemigo pero igualmente al mejor amigo, a alguien tremendamente cercano y familiar o acaso el semblante misterioso de un desconocido.
Era todas las mujeres con las que había compartido mi vida, pero al instante siguiente todos los amigos que despedí por el camino; eran las facciones de mi padre y, después, las de su madre; eran mis hijas y mis nietos y,los hijos de los hijos de mi estirpe; era la línea de mi propia sangre hacia arriba y hacia abajo en el curso del tiempo. Era todas las razas del hombre, era todos los tiranos de la historia, era todos los hombres santos que me encontré e ignoré a lo largo de mi vida y muchos otros a los que ni siquiera llegué a conocer, pero que, ante mi sorpresa, reconocía. Era una locura desfigurada y nada fragmentada de facciones que impresionaban vertiginosamente mis retinas, era un sueño y una pesadilla.
Ni siquiera era un ser humano, si me fijaba en su etérea tez intangible tan pronto me convencía de descubrir un denso pelaje, como me aseguraba la evidencia de encontrarme ante una epidermis escamada. O el más colorido plumaje, que también parecía la calcárea superficie de un óseo caparazón.
Podía confundirse el despuntar de dos finos cuernos saliendo de los extremos de su frente y si se mantenía la atención en ellos podía descubrirse la más robusta cornamenta que desaparecía ante un tercer ojo que absorbía toda visión, hasta la mía propia. Dejaba de verme para empezar a verme como parte y forma de ese rostro, entre todo ese mar de figuras y arquetipos que trasegaba mi percepción, podía intuirme con una fuerza y un esfuerzo que amenazaba con derribar mi propia existencia.
Y me persigue, no hay calma posible ni consuelo, esclavizado estoy con el temor de su presencia siempre amenazando con su aparición. A punto está de conquistar mi propia cordura, porque sé, que paso tras paso, llegará hasta mí.
Esos pasos silentes resuenan en el interior de mi cabeza, ya no puedo parar de escucharle, el sonido de su persecución me atormenta de tal manera que ha llegado a confundirse con los latidos de mi corazón, le siento acercándose, adentrándose cada vez más en mis más terribles sueños y sé, como él mismo sabe, que hoy es el último día.
Así que vengo padre, a este santo lugar a reclamar su defensa y fallo divino, a favor y gracia del impío atormentado, y en contra del ser malvado que hasta la misma puerta de la casa de dios se ha atrevido a...
Se detuvo lívido y con una palidez mortal, sus ojos se desorbitaron cargados de un horror demente e histérico, las palabras se le trababan tartamudas y balbuceantes mientras una mano temblorosa y lánguida luchaba por imponer su gesto acusador. Lo que sus pupilas dilatadas reflejaban como la luna sobre un lago negro era el rostro de las mil caras que había sido su confesor.
El ser sin rostro parecía esconder una sonrisa tras las cara inmutable de sus infinitas facciones, con voz de otro mundo le dijo:
-EGO TE ABSOLVO.
Le recibió con fidelidad, transmitiéndole como siempre una atmósfera de recogimiento que, ahora, alcanzaba a un espíritu atormentado y perturbado.
Contempló unos instantes la escena pétrea y centenaria que se presentaba magnificente frente a sus ojos que, aún estando opacos de horror, no dejaban de iluminarse tibiamente con aquella belleza celeste, como rayos dispersos en la espesura del glaciar alcanzan a rozar las oscuras profundidades del mar.
Caminó sin ser consciente de las decisiones de sus pasos por entre los bancos de oración, ausente de sí, pero guiado por una especie de intuición hipnótica.
Su enjuta figura quedaba a intervalos iluminada por los haces de luz que los ventanales filtraban a la cámara y el sonido de sus pisadas se expandían en ecos reverberantes.
Se erguía ante él, con el labrado de distintas escenas bíblicas, el confesionario, motivación última de su desesperada llegada al suelo catedralicio. En el interior, como si esperándole estuviera, se encontraba el paternal representante del dios redentor. Tomo asiento y descargo el cansancio físico como si llevara días caminando sin pausa.
-Ave María Purísima-dijo con tono sereno y monocorde el sacerdote-.
-Sin pecado concebida- contestó el oscuro visitante con voz ronca y reconcentrada-.
-¿Qué has de confesar?-preguntó desde el otro lado de la rejilla el confesor-.
-No vengo a confesar nada ni a suplicar absolución alguna. Vengo ante su juicio sagrado a acusar, a pedir justicia y condena, si su veredicto lo determina.
-No tengo ese poder, pero puedo escucharte.
-Así sea. Comenzaré mi historia por el principio, pues el final está cerca y usted será su único testigo.
Todo comenzó hace siete días. El martes pasado lo vi por vez primera y desde entonces no ha dejado ni un momento de perseguirme, desde entonces, no he parado de huir. Pero es una fuga aparente e inútil, pues por más lejos que marche siempre sabe donde voy, y aunque se permita el paso sereno de la fatalidad, siempre termina por encontrarme.
Cuando estoy rodeado y ocupado por las fútiles ocupaciones de mi vida ordinaria, me espera paciente, a una distancia suficiente y necesaria para llamar mi atención y esconderse de la de mis semejantes. Mas al verme libre de compañía y negocio, con el alma desnuda ante la soledad; prosigue su camino, su camino hacia mí, como el asesino, como el verdugo, con el ánimo tranquilo y despiadado del que ve a su víctima sin salida.
Aunque lo peor no es esta intuición de tragedia que carga mi espíritu como la más pesada cruz cada vez que hace aparición. Lo peor es la naturaleza sobrenatural y metamorfa que le define y que se afana en mostrarme. No he sido nunca un hombre religioso, ni hasta ahora había golpeado mi buen sentido un fenómeno tan inverosímil y contrario a mi entendimiento, pero la evidencia con que mi razón acusa a mi percepción se desfallece ante la fuerza con que todo mi ser la recibe y la rechaza.
Tendrá que creer, si quiere seguir escuchándome, que aquel extraño ser que me sigue no tiene rostro y a la vez los tiene todos. Quiere que le entregue mi mirada, pero no tiene rostro y los tiene todos, todos. No puedo...no puedo mirarlo.
Su cara es como un espejo sin superficie, una neblina trémula e indefinida que cambia antes de que pueda vislumbrarla. Tan pronto parecía un hombre cuando advertía en su fisionomía los rasgos de la feminidad; a veces aparentaba rozar la senectud para terminar dándome la impresión de la más lozana juventud; ni sexo ni edad tenía esta criatura.
Tampoco ojos poseía, eso no eran ojos, eran pozos terribles. Las pocas veces que tuve la audacia de mirárselos no descubrí color alguno y, en realidad todos; me deslumbraba, me mareaba, era un arco iris colgando de una sima sin final. No era sólo el color, era más que un iris, a veces era como el mismo fuego y me quemaba por dentro; otras como el lago cristalino; tan vital y enrevesado como el despertar vegetal en primavera; o ingrávido y violento como un huracán que me llenaba de vértigo.
Su rostro hierático e inexpresivo encerraba en realidad todos los gestos representables, tantos que confundía sus mismos rasgos. Podía ver a un enemigo pero igualmente al mejor amigo, a alguien tremendamente cercano y familiar o acaso el semblante misterioso de un desconocido.
Era todas las mujeres con las que había compartido mi vida, pero al instante siguiente todos los amigos que despedí por el camino; eran las facciones de mi padre y, después, las de su madre; eran mis hijas y mis nietos y,los hijos de los hijos de mi estirpe; era la línea de mi propia sangre hacia arriba y hacia abajo en el curso del tiempo. Era todas las razas del hombre, era todos los tiranos de la historia, era todos los hombres santos que me encontré e ignoré a lo largo de mi vida y muchos otros a los que ni siquiera llegué a conocer, pero que, ante mi sorpresa, reconocía. Era una locura desfigurada y nada fragmentada de facciones que impresionaban vertiginosamente mis retinas, era un sueño y una pesadilla.
Ni siquiera era un ser humano, si me fijaba en su etérea tez intangible tan pronto me convencía de descubrir un denso pelaje, como me aseguraba la evidencia de encontrarme ante una epidermis escamada. O el más colorido plumaje, que también parecía la calcárea superficie de un óseo caparazón.
Podía confundirse el despuntar de dos finos cuernos saliendo de los extremos de su frente y si se mantenía la atención en ellos podía descubrirse la más robusta cornamenta que desaparecía ante un tercer ojo que absorbía toda visión, hasta la mía propia. Dejaba de verme para empezar a verme como parte y forma de ese rostro, entre todo ese mar de figuras y arquetipos que trasegaba mi percepción, podía intuirme con una fuerza y un esfuerzo que amenazaba con derribar mi propia existencia.
Y me persigue, no hay calma posible ni consuelo, esclavizado estoy con el temor de su presencia siempre amenazando con su aparición. A punto está de conquistar mi propia cordura, porque sé, que paso tras paso, llegará hasta mí.
Esos pasos silentes resuenan en el interior de mi cabeza, ya no puedo parar de escucharle, el sonido de su persecución me atormenta de tal manera que ha llegado a confundirse con los latidos de mi corazón, le siento acercándose, adentrándose cada vez más en mis más terribles sueños y sé, como él mismo sabe, que hoy es el último día.
Así que vengo padre, a este santo lugar a reclamar su defensa y fallo divino, a favor y gracia del impío atormentado, y en contra del ser malvado que hasta la misma puerta de la casa de dios se ha atrevido a...
Se detuvo lívido y con una palidez mortal, sus ojos se desorbitaron cargados de un horror demente e histérico, las palabras se le trababan tartamudas y balbuceantes mientras una mano temblorosa y lánguida luchaba por imponer su gesto acusador. Lo que sus pupilas dilatadas reflejaban como la luna sobre un lago negro era el rostro de las mil caras que había sido su confesor.
El ser sin rostro parecía esconder una sonrisa tras las cara inmutable de sus infinitas facciones, con voz de otro mundo le dijo:
-EGO TE ABSOLVO.
lunes, 2 de enero de 2012
Daenerys Targaryen, la mujer Dragón.

Salve Daenerys Targaryen, La Primera de su Nombre, Reina de Meereen, Reina de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, Señora de los Siete Reinos, Protectora del Reino, Khaleesi del Gran Mar de Hierba. Apodada Daenerys de la Tormenta, Daenerys de Piedra, La Que No Arde.Princesa y Madre Dragón.
En tu cruel estirpe te remontas
a la mágica sangre del Dragón
que desde ti sublima y desboca
las sagradas llamas del corazón.
Tu mirada arde en fulgores violáceos
que sofoca, serena, tu aura argéntea
sombra de mujer que encubre luz de niña
en su inocencia, calla y destella.
Sueño...
...que nada en fuego
...que tiembla en hielo
...que canta y baila extraño juego.
Llamaradas llama esta pureza
que cauteriza el ánima en desaliento
desconocida eres del gélido temblor
que invoca la ausencia y apaga la pasión.
Olvidada de tu naturaleza
acallaste ese rugido que clamaba:
el Sol ilumina a la mujer
la sombra al dragón desvela
Olvida, recuerda y cree:
¡Es la sombra la luz de tu estrella!
Arde lo impuro y luce lo eterno
al calor del aliento del Dragón
despierta el alma y destierra la razón
llama al ángel y abre el infierno
Hay quien se pierde,
y quien alza el vuelo.
(Sospecho que menos ha de temer
el valiente corazón de una mujer
no es cierto para siempre
pero el hombre es semilla
y la mujer es fuente).
Entre ensueños vislumbré los últimos pasos de Daenerys,
Mis letras son tuyas por tu resurrección...
Buscó la muerte para encontrar su amor
caminó hacia el fuego, abrazó al Dragón
entregó su vida y de las cenizas...renació.
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